CAPITULO 5

Elizabeth encendió la luz de la habitación y lo primero que notó fue que las cortinas eran tan negras como el alma de su jefe. El espacio carecía de ningún rastro femenino; no parecía, en absoluto, el cuarto de una mujer. Con la duda instalada en el pecho, abrió la primera puerta esperando encontrar un tocador, pero al toparse con hileras de trajes de caballero, la realidad la golpeó: no estaba en el cuarto de Victoria, sino en el de Lucifer.

Se dio la vuelta de inmediato para huir, pero chocó de frente contra el pecho del dueño de la habitación.

—¿Qué haces aquí? —le exigió él, con una voz profunda que la hizo estremecer. 

—Yo…

—¿Estás revisando mi habitación? —preguntó Jonathan. —Claro que no, solo me he equivocado. Pensé que era la habitación de Victoria, eso es todo.

—Claro que no, solo me he equivocado, pensé que es la habitación de Victoria, eso es todo.

—¿Por qué buscas la habitación de mi hermana?

—No traje maleta, se quedó en mi departamento.

—Te vi bajar con ella ¿Dónde está?

—La dejé en la calle, pensé que alguien la subió al auto, pero no fue así.

—No se si creerte ¿No será que quieres que te compre ropa?

—No, no quiero que me compres ropa, no se con que clase de mujeres te relacionas, pero yo no quiero nada de ti, solo trabajo y que me pagues por ello. Y si me lo permites me voy.

—Es la primera habitación. —musita.

Elizabeth salió de allí con el pulso acelerado. El aroma de Jonathan —un perfume intenso, casi excesivo, como si quisiera ocultar algo— se le había quedado impregnado en la piel. Entró finalmente en el cuarto de Victoria, que sí reflejaba la personalidad de una mujer, con una colcha rosa y una decoración mucho más amplia y acogedora que la suya. Al abrir el armario, se sintió abrumada por la variedad de tonos y estilos; Victoria tenía una clase impecable, muy alejada de la sencillez económica a la que Elizabeth estaba acostumbrada.

Sin embargo, los pijamas de su jefa eran un llamado directo a la seducción: transparencias y encajes que no dejaban nada a la imaginación. Elizabeth supo que no había forma de que se pusiera algo así.

El celular suena, metiéndole el susto de mi vida.

—Si doy chuy, dígame que encontró mi maleta por favor.

—Lo siento señorita, pero no, la administradora vio las grabaciones, se la llevó un chico de la calle, dice que no es de por aquí, no lo reconoció.

—Está bien don Chuy, ni modo, fue mi culpa por no checar que la subieran al coche. Gracias por ayudarme cualquier cosa que pase llamame.

—Oye —la voz de Jonathan volvió a interrumpir sus pensamientos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó ella en un susurro.

—Porque ella y yo terminamos hace meses, Elizabeth. Y porque sé perfectamente con quién me relaciono —respondió él, cerrando el tema con una finalidad que no admitía réplicas—. Ahora, lee tu contrato.

Elizabeth desbloqueó su celular. El brillo de la pantalla le lastimó los ojos, pero comenzó a leer las cláusulas que Victoria había redactado. Sus ojos se abrieron de par en par al llegar al apartado de gastos de representación y viáticos. El contrato estipulaba que la empresa cubriría cualquier gasto necesario para que la asistente mantuviera el estándar de imagen requerido, incluyendo vestuario de etiqueta para eventos internacionales.

—Esto es... demasiado —murmuró ella.

—Es lo justo por aguantarme, eso le dijiste a Alondra ¿no? —replicó Jonathan con una media sonrisa que no llegó a ser burlona, sino casi cómplice.

Elizabeth no pudo evitar ponerse roja, nunca imaginó que Lucifer escuchar una conversacion privada.

El teléfono de Jonathan vibró sobre la mesa. Al ver el nombre en la pantalla, su expresión se endureció de inmediato.

—Es Victoria —dijo él, contestando antes de que Elizabeth pudiera preguntar

—¿Qué pasa?... ¿Ahora?... Maldita sea, Victoria, estamos cenando.

Jonathan guardó silencio mientras escuchaba a su hermana al otro lado de la línea. Elizabeth notó cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar el celular.

—Está bien. Estaremos ahí en diez minutos.

—Olvida el postre. Los accionistas no van a esperar a mañana. Han adelantado la reunión a medianoche en un club privado aquí cerca. Y Elizabeth... —la miró de arriba abajo, deteniéndose en su sudadera.

—Te llevaré a casa para que te cambies.

Jonathan condujo de regreso, manteniendo las manos firmes sobre el volante mientras el motor rugía en la noche de Kentucky. Al llegar, Elizabeth no esperó a que le abrieran la puerta; corrió escaleras arriba, directa a la habitación de Victoria, con el corazón martillando contra sus costillas.

Se despojó de la ropa deportiva. El vestido café, de una seda pesada y elegante que se deslizaba como agua, le quedaba como si hubiera sido diseñado para ella. Se ajustó el cierre con dedos temblorosos y se enfrentó al espejo del tocador. Con el poco maquillaje que guardaba en su bolso de mano —un labial que milagrosamente combinaba con el tono tierra del vestido, un poco de rubor y una máscara de pestañas casi seca—, Elizabeth comenzó a transformar su rostro.

Cuando bajó las escaleras, el sonido de sus tacones —prestados del armario de Victoria— anunció su llegada. Jonathan la esperaba al pie de los escalones, apoyado contra el marco de la puerta con la impaciencia grabada en el rostro. Sin embargo, en cuanto Elizabeth apareció en su campo de visión, el reproche que tenía preparado se disolvió en el aire.

Jonathan no pudo evitar observar. Sus ojos verdes recorrieron la figura de Elizabeth, deteniéndose en la forma en que el vestido acentuaba su cintura y en cómo la luz de la estancia arrancaba destellos cobrizos de su cabello. Hubo un silencio denso, un segundo en el que el jefe implacable pareció olvidar la urgencia de la reunión con los accionistas.

—¿Qué? —preguntó ella, deteniéndose a unos pasos, sintiendo el calor subirle a las mejillas bajo su escrutinio—. ¿Tengo algo en la cara?

Jonathan parpadeó, recuperando su máscara de frialdad habitual, aunque su mirada tardó un poco más en apartarse. 

—Vámonos —se limitó a decir, aunque su voz sonó un poco más áspera de lo normal—. No nos pagan por llegar tarde.

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