Elizabeth estaba despierta desde las cinco, no era que no hubiera dormido, había dormido, unas horas cortas y un poco generosas, tenía el cuerpo cansado al igual que la cabeza. La noche anterior había apagado el celular.
Los golpes en la puerta llegaron a las siete y cuarto.
Elizabeth frunció el ceño.
Se levantó del sillón donde había terminado por quedarse con una cobija y una taza de té frío. Caminó hacia la puerta con el pelo suelto y los pies descalzos.
Abrió.
Jonathan.
Con dos cafés en la