Mundo ficciónIniciar sesiónJonathan estaba solo en su cama, y no por falta de mujeres, ya que Amelia estaba dispuesta a ir, pero esa chica lo tenía de mal humor. Elizabeth ya no estaría ahí si no fuera por Victoria; la única mujer que deja que maneje su vida, es su hermanita pequeña... Addy una vez más viene a su mente como un devastador huracán.
El se enamoró de Addy desde el momento que la contrató; sus labios fueron una tentación que no pudo resistir. La llevó a la cama horas después y le dio todo lo que pedía. Nunca investigó nada de su pasado ni le hizo preguntas; se dedicó a ser feliz con ellas hasta que la cruda verdad llegó.Cuando quiso casarse con ella, Addy no solo le robo una gran cantidad de dinero, si no aborto al hijo que era fruo de su amor y desaprecio con otro hombre con mas dinero que el. Jamos volvió a saber de ella y él no hizo nada por buscarla. Le rompió el corazón del cual aun después de años le ha costado recuperarse, y desde entonces, él no podía estar cerca de ninguna asistente.
Sin embargo, Victoria se había empeñado en ayudarlo a superar a Addy, creyendo que con tener una asistente diferente, él dejaría de ser desconfiado y finalmente se casaría para formar la familia que ella tanto deseaba para él. Jonathan hizo un trato con su hermana: iba a mantener a la última asistente por tres meses. Ayer la despidió y no le importó perder ante Victoria, pero ella los mandó a ese lugar juntos. No era necesario que Elizabeth fuera, pero ahí estaban. Él no sabía si podría soportar; ella no se callaba, era respondona, no le interesaba que él fuera su jefe y lo trataba como a una persona ajena.
Escuchó que tocaban la puerta y dio el pase, sabiendo que era ella. Elizabeth entró para disculparse por la molestia de explicar que quería bañarse, pero el agua salía muy caliente y no sabía cómo hacer para que saliera fría.
—¿No sabes usar una simple regadera?
—No es mi culpa que los multimillonarios no tengan regaderas normales.
—Mi regadera es normal.
—Estoy segura que no te costará 350 pesos como a la mayoría de personas que viven al día.
Sin querer escucharla más por ese día, Jonathan decidió enseñarle cómo usarla. Llegaron al baño y él notó que ella no tenía ni shampoo ni jabón. Se preguntó cómo pensaba bañarse y le indicó que fuera a la habitación de su hermana para usar lo que quisiera del baño de Victoria. Muy en el fondo, él ya quería que ella renunciara; lo ponía de los nervios porque no le gustaba que lo contradijeran ni que le levantaran la voz.
Mientras Jonathan arreglaba la regadera y dejaba correr el agua para la bañera, tocó el líquido para verificar la temperatura. Al darse la vuelta para salir, vio a Elizabeth cayendo al suelo. Su grito fue tan fuerte que los guardaespaldas seguramente lo escucharon.
—¿Estas bien?
—Me duele mucho la pierna —Jonathan comenzó a tocarle la extremidad para identificar el origen del dolor y ella explicó que se había doblado el tobillo.
Estaba mojada por eso se resbaló, él iba a reclamarle pero al verla llorar así por el dolor , la tomó en sus brazos para llevarla a la cama. Ella estaba desnuda porque la toalla se le había caído, pero por el dolor ni cuenta se había dado. Jonathan intentaba ser un caballero. La tapó como pudo y la depositó en la cama, como había dejado su celular en su habitación, tomó el de Elizabeth que estaba en la mesita de noche así que lo tomó para marcarle a Amelia.
—Si diga.
—¡Amelia!
—¿Jonathan?
—Si, puedes venir a mi casa, necesito tus servicios medicos—le aclara
—¿Qué paso? ¿Estás bien?
—Si, mi asistente se cayó, le duele mucho la pierna.
—Iré lo más rápido posible. Puedes ir poniendo hielo en el área golpeada.
—Lo hare.
—Iré a la cocina veré que hay para ponerte, no te muevas.
—Cómo si pudiera hacerlo.
En cuanto él salió, sus guardaespaldas ya estaban subiendo las escaleras. Neto le preguntó qué había pasado.
—¿Qué ha pasado señor?
—Todo está bien, Elizabeth se ha caído. Busca en el refrigerador si hay algo para ponerle.
—Claro jefe.
—Neto, después vamos hablar de la maleta que no subieron al carro.
—Si jefe.
Al volver con Elizabeth, la escucho hablar por teléfono.
—Ya le dije que, si voy a pagar, empecé un nuevo trabajo, pero aún no me pagan, por favor solo denme más tiempo. Lo sé, lo sé yo me comprometo que pagaría, pero es una cantidad grande señor.
Jonathan espera que cuelgue la llamada para entrar
—¿Te sigue doliendo mucho?
—Si, creo que me fracture.
—Ya Amelia viene en camino, ella te dirá si ocupas ir al doctor.
—Muchas gracias.
—¿A quién le debes dinero?
Elizabeth lo mira desconcertada.
—Te escuche. Dime a quién le debes.
—Al hospital —agacha la cabeza.
—¿Por qué le debes al hospital?
—No quiero hablar de eso, por favor no te metas en mi privacidad.
—Trabajas para mí, tengo que saber si tienes algún problema que me cause problemas a mí.
—No te preocupes no te meteré en problemas de ninguna forma.







