Marco mandó a todos a casa a las ocho.
Lo oí desde la cocina, su voz baja resonando en el pasillo, de habitación en habitación, y poco a poco el apartamento se fue quedando en silencio hasta que solo quedamos Marion y yo, con la lluvia cayendo suavemente sobre las ventanas.
Marion estaba en la encimera, con su teléfono, vestido con pantalones oscuros y su camisa gris de mangas remangadas. Yo estaba sentada frente a él, con su camisa blanca de la noche anterior y ropa interior porque no me había