Sostuve su mirada y emití aquel sonido, aquel específico, aquel que salió de mí en la habitación rosa cuando él había tenido paciencia suficiente y había dejado de tenerla. Su agarre se intensificó y algo cambió por completo en su rostro. Dijo: «Habitación rosa. Diez minutos». Se levantó y se apartó del sofá.
Me quedé sentada con la película italiana aún puesta, la lluvia golpeando las ventanas y mi pulso acelerado. Entonces me levanté y fui a buscar la tanga.
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La habitación rosa era cálida y