Seis minutos.
Lo sé porque lo comprobé, como lo comprobaba todo —distancias, consecuencias, variables— con la fría aritmética que me había mantenido operativo desde que tenía dieciocho años, y la aritmética decía seis minutos, y los conté uno a uno como nunca antes había contado los minutos.
Ella estaba bajo la farola con los brazos cruzados, la barbilla levantada y los ojos fijos en mí como si yo fuera parte del problema.
—Has echado al hombre de Marco —dije.
—Alguien me persiguió, Marion. Eso