«Date un baño», le dije cuando abrió la puerta, y la miré con su camisón, el pelo suelto y los ojos ya escudriñando mi rostro en busca de información que aún no iba a darle. «Ponte el tanga después. Habitación rosa. No te apresures». Y volví por el pasillo y la dejé allí de pie en la puerta con lo que fuera que iba a decir aún en la boca.
Me senté en la silla con mi whisky y la luz cálida y tenue de la habitación rosa y escuché el agua correr por el pasillo, el sonido específico de su bañera ll