La lluvia comenzó sin previo aviso, como solía ocurrir a esa hora en esa ciudad, repentina y pesada contra los ventanales que iban del suelo al techo, y la habitación se transformó a su alrededor, más oscura y contenida, todo el mundo exterior reducido a agua sobre cristales y la tenue luz cálida de mi habitación y ella en mi cama diciendo: «Di papi».
Y su perfume ya impregnaba todo.
Serví el vino antes de tocarla.
Dos copas, de un rojo intenso, y le ofrecí una. Ella la miró y luego me miró a m