Me tomé mi tiempo con sus pechos, mi boca caliente donde antes había estado el hielo frío, y ella tiraba de la cuerda con ambas manos, con la cabeza hundida en mi almohada. Su perfume impregnaba ahora toda mi habitación: las sábanas, el aire, un aroma permanente.
Me recosté y la observé atada a la cabecera de la cama, con los ojos vendados, y sentí que algo en mi pecho se disolvía, algo que había permanecido sólido durante mucho tiempo.
Tomé el juguete de la mesita de noche.
Lo deslicé lentamen