Estaba a cuatro minutos de distancia cuando me llamó.
Llevaba caminando desde las nueve, sola, sin decirle nada a Marco, recorriendo las manzanas alrededor del club con la peculiar manera en que me movía cuando algo andaba mal y aún no sabía qué forma tomaría ese mal. Llevaba el teléfono en la chaqueta, lo oí sonar, miré la pantalla y sentí algo en el pecho, pero no contesté porque contestar significaba detenerme, y yo no iba a detenerme todavía.
Cuatro minutos.
Llevaba veinte minutos observand