Constanza no quería dejar a Elizabeth sola y decidieron hacer un gran banquete. Para ellas, solo porque si. El horario de visita a casa de su hermano había pasado y Francisco caminaba cabizbajo con el violín en las manos. Para entonces el sol no brillaba tan intensamente, la casa estaba tranquila, las chicas estaban durmiendo la siesta.
Constanza no podía dormir, solo miraba el techo de su habitación pensando a que había hecho mal.
-Las Maidalkinis nunca hemos caído por amor- el viento resonó