CAPÍTULO 34: VISITAS INDESEADAS
Maddison
—¿Tía Eleanor? —susurro, todavía sin terminar de procesar que realmente está aquí, en carne y hueso, parada frente a mi puerta como si no hubieran pasado años desde la última vez que cruzamos palabra. Tiene ese mismo peinado tirante que le estira los pómulos, los labios apretados en una línea crítica y los ojos rasgados, que me examinan como si pudiera descomponerme en partículas miserables con solo observarme el tiempo suficiente.
—Hola, Maddison —dice,