Cuando la conversación con Alice llegó a su fin abrupto, quedé sumido en un torbellino de indecisión. Por un lado, mi instinto de protección clamaba por ir en su auxilio, asegurándome de que estuviera bien y no se encontrara en peligro en aquel bullicioso bar. Por otro lado, una voz interior me susurraba que dejara que se las arreglara por sí misma, que demostrara su propia fortaleza y autonomía. Sin embargo, aunque mi naturaleza no siempre se alineara con la etiqueta de un caballero, sentí la