El bosque era un laberinto de sombras y sonidos inquietantes mientras seguía a Simon. Mi mente, todavía mareada por la caída y la conmoción, luchaba por mantenerse enfocada. Sabía que no podía dejarlo solo; había algo en su mirada que me decía que estaba al borde de algo peligroso, algo irreversible.
A medida que avanzaba, la adrenalina bombeaba a través de mis venas, agudizando mis sentidos. Cada crujido de una rama, cada susurro del viento parecía amplificado en la oscuridad. Me movía con la