La cabaña estaba sumida en una quietud inquietante. El silencio solo era roto por el crujir ocasional de la madera y el leve murmullo del viento contra las ventanas. Alice dormía en el sofá, su respiración rítmica y tranquila. Pero para mí, el sueño era un enemigo que no podía vencer.
Me moví por la habitación con pasos silenciosos, observando cada detalle. Los recuerdos de la confesión anterior seguían frescos en mi mente, un torrente de emociones que no podía controlar. Había visto el miedo e