Marcelo observó las luces de las camionetas desaparecer en la distancia y la sonrisa en su rostro se hizo más amplia.
Todo había salido exactamente como lo imaginó. Santino había mordido el anzuelo sin siquiera sospecharlo. Negó despacio con la cabeza, casi divertido, mientras acomodaba el saco oscuro sobre sus hombros y empezaba a caminar hacia la enorme mansión iluminada. Detrás de él, sus hombres avanzaban en silencio, armados, atentos, preparados para matar apenas recibieran la orden.
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