Berlín, Alemania
Emilia
El día ha sido un infierno. Uno de esos que no termina, que se arrastra con la lentitud de una tortura y la pesadez de una culpa que no me deja respirar. Camino por los pasillos con la cabeza gacha, aunque no me sirve de mucho. Las miradas me alcanzan igual y son como flechas invisibles que se clavan en mi piel. No tienen que decir nada, sus ojos lo gritan. Traidora. Usurpadora. Escoria. Y lo peor es que, por más que quiera defenderme, parte de mí se pregunta si no tiene