Grace
Me ardía la cara. Y no solo la cara; se me ponían rojos el cuello entero, los hombros, hasta las puntas de las orejas. Siempre me pasaba cuando estaba furiosa. Esa furia muda me subía por dentro como agua hirviendo. La sentía bajo la piel, a punto de estallar.
Dios, en ese momento odiaba todo.
La vergüenza me ahogaba. La humillación, la confusión, la impotencia de no recordar qué había pasado, y encima ese desgraciado engreído tratándome como si yo fuera una desesperada que se le metió en