Grace
Ya no sabía qué estaba pasando. La mente se me quedó en blanco. Sus caricias, sus roces, su voz... Dios, sus palabras. Me recorrían toda la espalda.
—Estás empapada, servida para mí como el platillo perfecto. Sería de mala educación no darme el gusto. Ahora quédate quieta y déjame comerte.
¿Qué... qué fue eso? ¿Quién dice algo así? En mis veintitrés años de vida jamás había oído algo tan descarado, tan brutalmente honesto, tan arrogante y, aun así, tan caliente que me hizo temblar los musl