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Capítulo 4 Se me estaba parando
Apollo

Me tensé al ver a la mujer tirada en mi cama, con solo lencería puesta. ¿Por qué carajo me sigue pasando esto?

La semana pasada encontré a una pasante nueva desnuda en mi oficina, con las piernas abiertas sobre el escritorio, en una provocación descarada. Dos días después, estaba en una reunión con un posible socio cuando su hija, que apenas era mayor de edad, empezó a pasarme el pie por la pierna bajo la mesa, buscando mi entrepierna y lanzándome miradas seductoras como si tuviera la más mínima idea de lo que hacía.

Me pregunté qué demonios les daban de comer hoy a las jóvenes para dejarlas tan desesperadas por meterse en mi cama.

Bueno, tampoco es que necesitara preguntármelo. Ya sabía la respuesta. Mi supuesto padre. Desde que murió mi esposa, el viejo llevaba años intentando emparejarme.

Para que no se malentienda, no seguía de luto. Esa parte de mi vida había terminado. Eso había quedado atrás hacía mucho. No fue por eso que nunca volví a casarme.

Era más simple. No me interesaba. No me interesaban las relaciones falsas y complicadas que mi padre quería encajarme, ni ese desfile interminable de mujeres dispuestas a echárseme encima.

¿Tenía sexo? Claro.

No era un monje; era humano. De vez en cuando, cuando el cuerpo me lo pedía, buscaba a una mujer que entendiera las reglas, y nos satisfacíamos mutuamente. Era simple y sin complicaciones. Sin ataduras, siempre con protección y sin repetir. Nadie terminaría cargando con un hijo que yo jamás querría; pero mi padre no aprobaba mis métodos. Quería otra cosa.

—Los demás hijos les dan nietos a sus padres —se quejó unas semanas atrás—. Soy el único que no los tiene. ¿Sabes cuánta envidia me da ver a mis amigos jugar con sus nietos? A veces se burlan de mí por tu culpa. Ya tienes cuarenta años, Apollo. ¡Necesito un nieto!

Le dejé clarísimo que no me interesaban las mujeres que me echaba encima. Por lo visto, el viejo desgraciado lo entendió al revés. Creyó que me refería a mujeres mayores, así que cambió de estrategia. Ahora me mandaba mujeres más jóvenes, pensando que tal vez un cuerpo joven me tentaría a darle lo que quería.

Y esta mujer, tirada en mi cama, era una de sus reclutas. Me crucé de brazos y la miré desde arriba, apretando la mandíbula.

Abrió los ojos y me miró. Me recorrió con la mirada, como si inspeccionara un filete para comprobar si estaba en su punto. Que se demorara así me mandó un sentimiento de calor bajo la piel.

¿Así que esta vez mi padre había elegido a una loca? ¿No se suponía que yo era el que juzgaba si ella cumplía con mis estándares y no al revés? Aun así, había que reconocérselo al viejo. Parecía que había investigado bien.

La mujer tenía un cuerpo capaz de volver loco a cualquier hombre. Cintura estrecha, piernas largas, pechos firmes apenas contenidos por un delicado encaje negro. Tenía los ojos grises brillantes y los labios carnosos, suaves, entreabiertos. La lencería se ajustaba a cada curva a la perfección.

Carajo. Me descubrí comiéndomela con los ojos.

—¿Estoy... teniendo un sueño húmedo? —murmuró con una sonrisa.

Levanté una ceja. ¿Se habría golpeado la cabeza al meterse aquí? Era ella la que estaba desnuda en mi cama, tratando de seducirme, ¿y aun así actuaba como si la fantasía fuera suya?

Me pasé una mano por el cabello, brusco, y gruñí entre dientes:

—Mierda, esta noche no tengo paciencia para esto.

Me giré hacia la mesa donde había dejado el celular. Esto era un error. Otro problema al que no quería que me arrastraran.

Iba a llamar a mi secretario para pedirle que viniera a resolver este desastre, la echara y arreglara el pago que mi padre seguramente le había prometido, pero antes de llegar al teléfono sentí que sus brazos me rodeaban la cintura. El contacto repentino me dejó inmóvil.

—No, por favor, no te vayas —susurró—. Por favor... no me dejes tú también. Esto es un sueño, ¿verdad? Solo un sueño. No sabes lo inútil que me sentiría si ni siquiera el hombre de mi propio sueño quisiera algo conmigo.

La miré desde arriba con indiferencia. Estaba arrodillada en la cama, con la mejilla pegada a mi abdomen y los brazos aferrados a mi cintura. Desde ese ángulo, su cara quedaba a la altura de mi cadera, peligrosamente cerca de la toalla que apenas seguía en su sitio.

Su aliento caliente me rozó la piel y me atravesó una sacudida inesperada.

—¿No soy atractiva? —Se echó un poco hacia atrás, lo justo para que pudiera verle la cara. Tenía los ojos grises vidriosos, entrecerrados mientras hablaba—. ¿Por qué nadie puede hacerme sentir placer como se debe? Tengo veintitrés... —murmuró, casi avergonzada—. Y nunca... nunca tuve a un hombre que me satisficiera. Ni siquiera me he... venido. Ese imbécil fue mi primera vez, pero ni una sola vez me satisfizo.

Se mordió el labio y llevó los dedos a la toalla en mis caderas. La bajó despacio y me dejó más expuesto.

—Aunque esto sea solo un sueño —susurró, con deseo—, lo acepto. Necesito saber lo que es sentir placer.

Se me endureció la mirada. No sabía qué me sorprendía más, sus palabras o el hecho de que, a pesar de mi frustración y de que la parte racional de mi mente me gritaba que me detuviera, se me estaba parando.

Mierda.

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