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Capítulo 3 ¿Estoy teniendo un sueño húmedo?
Grace

Me quedé mirando el vaso de whisky que tenía en la mano y vi cómo el líquido ámbar reflejaba las luces del bar.

—Sí, bueno —murmuré, arrastrando un poco las palabras—. Esa es la historia de mi maldita vida.

Me reí con amargura e incliné el vaso hacia mis labios; sentí el ardor bajarme por la garganta.

—Descubrí que mi prometido era gay, días antes de la boda. Y no solo gay —resoplé y negué—. Además el muy imbécil me pegó. ¿Puedes creerlo?

Me volví hacia el cantinero, que estaba secando un vaso pero se había quedado inmóvil a medio gesto, con los ojos muy abiertos.

—¡La que tendría que haberlo golpeado era yo! ¿Cómo dejé que ese desgraciado me pusiera las manos encima? Tendría que haberle reventado la cara en lugar de quedarme ahí parada llorando como una idiota.

El cantinero dejó el vaso y negó, visiblemente perturbado.

—Guau. Cuando dije que quería escuchar la historia de tu vida, no pensé que fuera tan grave. Por Dios. —Silbó bajito—. No puedo ni imaginarme lo mal que debes sentirte.

Dejé caer el vaso sobre la barra con un tintineo y parpadeé con fuerza mientras todo me daba vueltas. El alcohol me ardía en la garganta y todo se volvía demasiado intenso.

Ni siquiera recordaba cómo había llegado ahí. Primero salía hecha una furia de esa casa maldita y, cuando me di cuenta, ya estaba afuera de un hotel cualquiera. En vez de pedir un cuarto como una persona normal, fui al bar y pedí la botella de whisky más grande que tenían.

Ya casi no quedaba whisky. Molesta, me puse a despegar la etiqueta de la botella como si la botella tuviera la culpa.

“Dios, qué cliché”, pensé con amargura.

Me habían engañado, me estaba matando a tragos y le contaba mi drama a un cantinero.

Antes ponía los ojos en blanco cuando veía a mujeres hacer esto en libros y películas. Antes pensaba: “uf, qué poco original”. La autora debería buscar una mejor forma de lidiar con eso. Pero ahora entendía cómo se sentían.

Cuando uno se siente tan mal, tan inútil, tan poca cosa, a veces lo único que adormece el dolor es emborracharse hasta quedar idiota.

Empujé el vaso hacia el cantinero.

—Ponte en mi lugar —dije con voz amarga—. ¿Descubrir que tu prometido te engaña? Claro, ya es bastante malo. ¿Pero descubrir que nunca le gustaron las mujeres? ¿Que amaba a alguien más y solo te usaba para ocultar que es gay? Y luego tuvo el descaro de pegarte mientras protegía a su amante.

El cantinero tragó saliva y dejó el trapo. Tenía la cara pálida.

—Sí... si fuera yo, probablemente me mataría. —Levantó las manos rápido—. ¡Pero no te mates! En serio, no lo hagas.

Tomó la botella de whisky, me sirvió otro vaso lleno y lo dejó sobre la barra como si me ofreciera una tregua.

—Este va por la casa. No te preocupes, vas a encontrar a alguien mucho mejor. Alguien que no sea esa basura.

¿Alguien mejor?

Me quedé mirando el líquido dorado que giraba en el vaso.

¿Quién era mejor que Charles?

Tengo veintitrés. La mayoría de los hombres de mi edad son igual de malos, molestos, infantiles e incapaces de darme lo que yo quería. Quizá ya era hora de buscar hombres mayores. Al menos ellos sabrían cómo satisfacer a una mujer y tratarla bien.

Me lo tomé de un solo trago. Dejé el vaso vacío sobre la barra con más fuerza de la que quería, hundí la cara entre las manos y apreté los ojos. Odiaba esto. Odiaba sentirme así con toda mi perra alma.

El celular empezó a sonar y a vibrar contra la barra. Miré la pantalla, parpadeando, con la vista nublada por el whisky.

Me quedé mirando la pantalla un largo rato, con el pulgar suspendido sobre ella. Era mi madre.

No quería contestar.

Dios, no quería hacerlo. Porque ya sabía cómo iba a terminar. Podía explicarlo todo, podía gritar, llorar y suplicar, pero no serviría de nada. Con mi familia nunca servía de nada. Pero una parte mínima y patética de mí todavía se aferraba a la esperanza. Quería creer que tal vez esta vez sería distinto. Que ella sí escucharía. Que me defendería o al menos sentiría lástima por mí.

Contesté la llamada.

—Mamá...

No alcancé ni a terminar la palabra cuando su voz estalló por el auricular.

—¡Idiota! —chilló—. ¿Qué estupidez me anda contando la familia de Charles? ¿Rompiste el compromiso? ¿Estás loca? ¿Sabes que la boda es en unos días?

Me mordí el labio, un viejo hábito nervioso que creí haber superado, aunque claramente no.

—Mamá, yo... Charles, él...

—¡Cierra el hocico si ni siquiera puedes hablar bien! —ladró. Me sobresalté y aparté un poco el teléfono de la oreja.

—Quiero que vuelvas a esa casa —ordenó—. Ponte de rodillas si hace falta. ¡Ruégale que te acepte de vuelta!

Por un momento, me quedé paralizada, mirando la barra y mi vaso vacío.

—Mamá... —dije con la voz temblorosa—. ¿Cómo voy a volver con él? Charles... me engañó. Lo encontré... con alguien más en nuestra cama.

Del otro lado hubo una pausa y pensé que se enojaría por lo que Charles me había hecho. Tal vez por fin me apoyaría, pero entonces se rio de mí.

—¿Y qué? —se burló—. ¿Crees que es el único hombre que engaña? Todos engañan. Es un hombre. Es normal que los hombres engañen.

Apreté los ojos y el mundo volvió a inclinarse a mi alrededor.

—Yo...

—Tu padre me engañó todo el tiempo —dijo, como si hablara del clima—. Y no me ves quejándome. Me da todo lo que quiero. Eso es lo que importa. Así que no seas idiota, Grace. Apenas y eres nuestra hija adoptiva. No podemos mantenerte para siempre. Charles sí puede mantenerte; le importas. Te va a dar la vida que nosotros nunca quisimos malgastar en ti. No seas tonta y arregla esto antes de mañana. Si tu padre se entera, ya sabes lo que es capaz de hacer.

Antes de colgar, la escuché murmurar entre dientes:

—Esa inútil. Después de todo, tan malagradecida. Debería estar feliz de que un hombre así quiera casarse con ella en lugar de quejarse.

La llamada terminó. Me quedé ahí sentada, celular en mano, con la sensación de que alguien me había vaciado por dentro con un cuchillo.

El cantinero se inclinó sobre la barra y me miró con lástima.

—¿Se encuentra bien, señorita?

¿Estaba bien? ¿Lo estaba? ¿Por qué nadie me quiere? ¿Por qué la gente no deja de lastimarme?

No era una persona complicada. No necesitaba lujos ni grandes gestos para sentirme especial. Solo quería a alguien, una sola persona que se preocupara por mí, que me eligiera y me quisiera en serio.

¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué sentía que estaba pidiendo la luna y las estrellas?

Apreté los dedos alrededor del vaso antes de obligarme a soltarlo. Me puse de pie casi temblando mientras la habitación parecía balancearse a mi alrededor.

El cantinero estiró la mano como si fuera a sostenerme, pero negué. Hurgué en mi bolso, saqué un billete grande y lo dejé sobre la barra.

—Quédate con el cambio —murmuré.

Sin esperar su respuesta, me di la vuelta y caminé hacia el vestíbulo. Las luces me lastimaban los ojos. Mis tacones golpeaban contra el piso mientras me acercaba a la recepción.

—Hola, ¿hay alguna habitación disponible? Algo barato, por favor.

El recepcionista sonrió con simpatía mientras tecleaba rápido.

—Buenas noches, señorita. Un momento, le busco un cuarto disponible.

Mientras esperaba, alguien se acercó y se puso a mi lado.

—Disculpe —le dijo el hombre al recepcionista, ajustándose los puños del traje—. Necesito una llave de repuesto para el señor Reed, por favor. Soy su secretario.

Apenas le eché un vistazo; su celular sonó y él contestó.

—Ah, sí —dijo al teléfono—, estoy en recepción. Vine a recoger la llave de repuesto para el señor Reed. Tengo que asegurarme de que sus cosas estén listas mañana por la mañana.

Dejé de escucharlo. El recepcionista puso dos llaves sobre el mostrador. Una tenía el número seis. La otra, el nueve. El hombre tomó la marcada con el nueve sin mirarla, todavía hablando por teléfono mientras se alejaba apurado. Tomé la llave con el número seis, le murmuré las gracias al recepcionista y me dirigí al ascensor.

Me apoyé contra la pared del ascensor. Tenía que concentrarme en no caerme de bruces al piso. Cuando por fin llegué al primer piso, avancé tambaleándome hacia la puerta de la derecha.

Cuarto 6. Forcejeé con la llave y al fin abrí la puerta. La habitación era enorme, mucho más lujosa y elegante de lo que había pagado.

Me quedé confundida. No había reservado una habitación premium.

¿Quizá el recepcionista se equivocó?

Me encogí de hombros. Era problema de ellos, no mío. Estaba demasiado cansada para lidiar con eso en ese momento. Que lo arreglaran mañana.

Entré, cerré la puerta tras de mí y escuché correr el agua.

¿Habían dejado la ducha abierta? Tal vez alguien olvidó cerrarla.

Como ya dije, estaba demasiado borracha para que me importara. Me quité los zapatos de una patada, me saqué el vestido por la cabeza y lo tiré en alguna parte de la habitación.

Me quedé ahí un momento con la lencería negra de encaje que había comprado tontamente para seducir a Charles esa noche. Me tragué la tristeza. Qué más daba. Solo necesitaba dormir.

Me tambaleé hasta la cama enorme y me dejé caer encima. Qué suaves eran las sábanas. Cerré los ojos y me quedé dormida, pero después de un rato algo húmedo me salpicó la cara.

Fruncí el ceño.

—¿Qué...? ¿Está lloviendo adentro?

Abrí los ojos con esfuerzo y me encontré con los ojos color avellana más bonitos que había visto en mi vida.

Un hombre se cernía sobre mí, goteando agua sobre la cama. Tenía el cabello negro mojado. Arqueaba una ceja, entre confundido y fastidiado. El pecho definido le brillaba bajo la luz suave. Una toalla le quedaba peligrosamente baja en las caderas.

Parpadeé al ver a un desconocido guapísimo en mi habitación de hotel.

—¿Estoy... teniendo un sueño húmedo?

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