Me recosté en la alfombra y la acerqué a mí. El fuego iluminaba el techo y su rostro. Se sentó a horcajadas sobre mis caderas y me miró como si esperara una señal. Se la di. Recorrí sus costados con las manos, bajo su camiseta, sobre su piel cálida. Exhaló como si el aire mismo le resultara agradable.
—Quítate esto —dije.
Lo hizo. Se quitó la camisa por encima de la cabeza y la tiró a un lado. Cruzó los brazos sobre el pecho un instante y luego los bajó. Me incorporé y besé el hueco de su garga