Bendíceme, padre, porque he pecado.
Gabriel.
Nunca te acostumbras del todo al silencio de una iglesia al anochecer. El aire se siente más denso, impregnado de incienso antiguo. Siempre me siento en el confesionario los martes, en esa pequeña cabina apenas más grande que un armario de escobas, mirando fijamente una cruz de madera opaca, esperando el arrastrar de pies, una tos, un susurro, el deslizamiento de la mampara. La mayoría de la gente viene por los mismos pecados: pequeños, comunes, a ve