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Gabriel.
En la oscuridad, puedes decirte cualquier cosa. Esa es la verdad a la que me aferro, o quizás la mentira. Miro fijamente al techo, con las manos cruzadas sobre el pecho, las sábanas enrolladas alrededor de las piernas, y finjo meditar o rezar, en lugar de simplemente esperar a que mi mente se calme. La iglesia está en silencio, salvo por el tictac del viejo radiador y el ocasional traqueteo de una ventana. Me gustaría decir que estoy en paz, pero esta noche estoy inquieta, con los n