En la aldea.
La hierba cruje bajo mis pies. El ambiente es pesado, casi irrespirable, cargado de una electricidad primitiva que me eriza la piel.
La oscuridad dentro de mí late como un corazón vivo, salvaje, a punto de estallar y reclamar su lugar.
Mis oídos se afinan hasta volverse un arma… una amenaza.
Escucho pasos firmes detrás del cuarto árbol. No necesito verlos. Las aves levantan vuelo de golpe, rompiendo el silencio en un presagio de muerte, como si la naturaleza misma supiera que algo horrible está