El velo.
Sam aún está sorprendido, incrédulo, aunque debo aceptar que yo también.
Lo noto en la rigidez de su espalda, en la forma en que aprieta la mandíbula mientras mantiene los ojos clavados en la pantalla del móvil que todavía sostengo entre mis manos, como si ese pequeño rectángulo luminoso pudiera darle una explicación lógica a todo.
—¿Y por qué te lo dijo? —pregunta al fin, sin apartar la vista del teléfono.
Su voz es baja, pero cargada de sospecha.
—No lo sé —respondo, encogiéndome apenas—Supon