A la mañana siguiente, Rafael y Viola llegaron al gimnasio, atrayendo todas las miradas desde el momento en que cruzaron la puerta. Rafael, con su porte imponente, su cabello oscuro perfectamente peinado y su cuerpo tallado como si hubiera sido esculpido por los dioses, era el centro de atención. Su aura era magnética, y su sonrisa pícara de conquistador solo añadía a su encanto. Viola, por su parte, no se quedaba atrás. Con su belleza natural y su actitud segura, parecía una reina caminando en