Mi mano temblaba, trataba de controlarla, no debería de suceder aquí, en un territorio que no es mío, rodeada de lobos que esperan verme caer, y no tiembla por miedo, sino de rabia, trato de apretar los dientes para no soltar un rugido.
La cena fue una guerra sin sangre, cada palabra, sentía sobre mis hombros el peso de los que esperan que la loba más fuerte se desangre, y no pienso darles el gusto de que suceda.
Al final, un lobo joven nos guió hasta nuestra habitación, tendría unos diecisiet