El vapor del baño todavía flotaba en el aire de la recámara, mezclándose con el perfume caro de León y ese olor a lluvia que se nos había quedado pegado en el alma. Yo estaba sentada en la orilla de la cama, envuelta en esa bata de toalla blanca que me quedaba enorme, sintiendo como el corazón me bajaba las revoluciones después de la corretiza por la ciudad. León estaba parado frente al ventanal, mirando las luces de la ciudad que nunca duerme, con la espalda tensa y el cabello todavía goteando