El silencio en el departamento después de que León se encerró en su estudio era más ruidoso que un grito. Me quedé ahí, parada en medio de la sala de mármol frío, sintiendo como las lágrimas se me secaban en la cara. "¿Portarme como tal?", me repetí sus palabras. ¡Qué se cree! ¿Qué soy una muñeca que compró en una subasta y puede guardar en una caja cuando se enoja? Mi orgullo, ese que siempre me mete en problemas pero que es lo único que me queda, empezó a arder de nuevo.
—No soy tu propiedad