El viaje de regreso a la ciudad fue un silencio sepulcral, pero no de esos tranquilos, sino de los que pesan como si llevaras una tonelada de plomo en el pecho. Leon manejaba con la vista fija en la carretera, sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que se le marcaban las venas de los antebrazos. Yo intentaba mirarlo, buscar un rastro del hombre que me hizo sentir el cielo en la cabaña, pero solo encontraba una pared de hielo.
—Leon... ¿podemos hablar de lo que dijo Keyla? —me atreví a