Capítulo 38. La verdad al descubierto
La mañana siguiente no trajo la calma que esperaba; al contrario, el aire en la finca se sentía cargado, como antes de una tormenta eléctrica. El sol de Veracruz iluminaba el jardín, pero para mí, la luz solo servía para resaltar la gravedad de lo que estaba a punto de hacer. Lucía me esperaba en la cocina; había preparado el desayuno, pero los platos permanecían casi intactos. Mis manos, un poco frías, se aferraban a una taza de café que ya no humeaba.
—Están jugando en el patio trasero —me di