Capítulo 37. El contrataque
Al llegar a la finca, el silencio de la noche veracruzana parecía amplificarse. La camioneta se detuvo frente a la casa principal, envuelta en la oscuridad densa de la costa. No bajé de inmediato. Me quedé un momento en el asiento del copiloto, sintiendo el peso de las carpetas sobre mi regazo; un peso físico que se sentía, extrañamente, como la llave de una celda que yo misma había ayudado a cerrar años atrás, creyendo que la seguridad de una familia valía el precio de mi propio silencio.
—Ros