Capítulo 36. El mapa de la traición
El aire en la habitación 304 del hotel se sentía pesado, cargado con el olor a café amargo, el humo de un cigarrillo que se consumía en el cenicero y el perfume penetrante de Valeria. Sobre la mesa, un despliegue de documentos parecía una red de telarañas financieras. Había estados de cuenta de bancos extranjeros, nombres de empresas fantasma y firmas que, aunque falsificadas, conocía demasiado bien: eran las de Federico.
—Mira esto, Rosa —dijo Valeria, señalando un archivo con un gesto gélido—