Capítulo 11. El precio de la imprudencia
El departamento de Valeria estaba sumido en un silencio tenso, un presagio de la tormenta que me esperaba apenas crucé el umbral. No me había presentado a nuestra cita de ayer; las exigencias de mi nueva obsesión con Carolina me habían impedido cumplir con el "trámite" de visitar a mi amante.
—Llegas un día tarde —dijo Valeria, sin siquiera levantarse del sofá. Su voz era un filo de hielo—. Y vienes con ese olor a oficina que me causa náuseas. ¿Dónde estabas, Federico?
—Tuve complicaciones —res