Damián Feldman.
Los guardianes de la cárcel me arrojaron a la calle como si fuese la peor escoria. Tropecé, y el polvo de la acera manchó mi traje.
—¡Me las van a pagar, maldita sea! —mascullé, mientras me sacudía con torpeza la ropa. El corazón me latía con una violencia que me desbordaba; cada latido era un grito dentro de mi pecho.
El aire se me escapaba en ráfagas irregulares, y aunque intentaba recomponerme, no podía dejar de pensar en el bebé. Ese niño… mi hijo. La confirmación me atorme