Damián Feldman
Escuché el cerrojo de la puerta y desperté de golpe.
Me había quedado dormido recostado contra la pared; al mirar al frente, la realidad volvió con amargura, la esposa de mi padre seguía ahí, dormida plácidamente, envuelta en mi chaqueta. Su figura menuda apenas se notaba bajo la tela.
—¡Oye! Trepadora —le grité desde mi sitio.
Ella se movió ligeramente, hizo un gesto de dolor al intentar girar el cuello.
—¿Qué pasa? —preguntó aún medio dormida.
—¡Ya amaneció! La puerta está abie