Retrocedí de forma inmediata, por puro instinto de supervivencia. Lo vi quitarse la abrigadora chaqueta de invierno, lanzarla por ahí y caminar a paso lento hacía mí.
En sus manos llevaba una botella de agua que no dudó en dejar sobre el pequeño mueble de la entrada. Entretanto, yo solo pude mirarlo, sin saber cómo comenzar a justificar el desastre que fue mi presencia en la velada
—Lamento lo que pasó hace un rato —dije, como si con eso pudiera apaciguar su visible enfado—. No sé todavía qué