Sofía
Despidiéndome de doña Rosa y don Hilario, me incliné para darles un suave beso en la mejilla a cada uno. Sus rostros estaban arrugados y suaves como una manta tejida, y sus sonrisas cálidas me hicieron sentir, aunque fuera por un segundo, que todo valía la pena. Incluso haber perseguido gallinas con olor a corral incluido.
—Cuídese, hermana Sofía —dijo doña Rosa, sosteniendo mis manos entre las suyas—. Y cuídenos al padre Fernando, que cada día anda más delgado de tanto trabajo.
Sentí un