Sofía
La camioneta temblaba como si fuera a desarmarse en cualquier momento. Cada salto hacía que mi trasero rebotara en el asiento y que mi paciencia, ya bastante reducida, se esfumara como perfume barato bajo la lluvia.
—Dios mío… —susurré, mientras me agarraba del borde de la ventana—. Si salgo viva de este viaje prometo no volver a quejarme de mis tacones de 10 centímetros.
El padre Fernando, con el ceño fruncido y sus manos fuertes aferradas al volante, murmuraba oraciones cada vez que la