Fernando
Aún estaba arrodillado junto a Zeus, acariciando su cabeza y rogando mentalmente que todo estuviera bien, cuando escuché un leve murmullo y un cacareo lejano.
Fruncí el ceño y levanté la mirada hacia el camino polvoriento. La escena que vi me hizo parpadear varias veces antes de procesarla por completo.
Allí, avanzando con pasos lentos y rostros sudorosos, venían don Hilario y doña Rosa. Él cargaba dos gallinas bajo cada brazo como si fueran bolsas de pan y ella venía detrás con otra