Amadeus se adelantó un paso, su voz grave resonó en la sala. —Jamás tendrás mi banco. Ni mis tierras. Ni mi sangre. ¡No te pertenezco!
El jefe de la mafia lo miró con calma, inclinando apenas la cabeza, como si aquella negativa fuera la confirmación de lo que esperaba. Una sonrisa cruel deformó su rostro antes de que arrojara su bastón al suelo. —Entonces… tendrás que verme en mi verdadera forma.
Un rugido desgarrador estalló desde su interior. Su cuerpo se retorció, rasgando su traje, y en cue