La habitación seguía envuelta en sombras, pero esta vez no pesaban. No como antes.
Damon y yo dormíamos juntos en la pequeña cama, envueltos en las mantas sucias y en algo más cálido: un silencio que ya no dolía. Después de tanto llanto solo quedó un agotamiento que nos venció.
Yo estaba con la cabeza sobre su pecho, oyendo el ritmo constante de su corazón, como si pudiera aferrarme a eso para no perderme entre todo lo que habíamos compartido las horas anteriores. Su brazo me rodeaba, como si