El silencio en ese cuarto era asfixiante.
Habían pasado horas, quizás un día entero. No había ventanas para saber si era de noche, pero el aire lo sentía más denso, más frío. Damon se había mantenido callado, como si estuviera haciendo cálculos mentales para encontrar una salida. Yo también, al principio. Pero ese silencio me empezó a desgarrar por dentro.
No por miedo. No por la oscuridad.
Por él. Por todo lo que cargaba, lo que ocultaba. Lo que yo intuía desde hacía tiempo.
Estábamos sentados