El día siguiente transcurre entre silencios cargados y miradas que dicen demasiado. Damon no ha vuelto a mencionar lo que me contó ayer, y yo tampoco lo he presionado. Pero algo ha cambiado. Lo siento en la forma en que me observa cuando cree que no me doy cuenta, en cómo su presencia se ha vuelto aún más abrumadora, más intensa.
Y lo peor es que ya no intento ignorarlo.
Después de la cena, decido salir al jardín trasero para despejarme. El aire nocturno es fresco, y la brisa me ayuda a ordenar