Los guardias me subieron a la parte trasera del auto con firmeza, aunque tampoco puse mucha resistencia. Sabía que patalear no serviría de nada. Damon se sentó a mi lado, silencioso y tenso, mientras los guardias ocupaban los asientos delanteros.
El trayecto transcurrió en un mutismo sofocante. Aunque no me ha dicho una sola palabra, puedo sentir su enojo cargando el aire como una tormenta a punto de estallar. Lo miro de reojo: su mandíbula está apretada, las venas de su cuello marcadas como s