POV ALEKSEY ROMANOV
Tomé su mano ensangrentada, aún temblorosa, y aseguré sus dedos con una correa de cuero al metal oxidado de la silla. El olor a sangre fresca se mezclaba con el del sudor, el miedo y el moho. Era un perfume que conocía de memoria. Mi maldita cuna.
Ella forcejeó, se retorció, gritó mi nombre entre sollozos rotos. Me insultó. Me maldijo con la poca fuerza que le quedaba. Pero no importaba. Nada de eso importaba.
Tomé las pinzas, frías, letales, y las llevé con lentitud hacia su mano. Introduje la punta por debajo de su uña del dedo índice, y empecé a levantarla… milímetro a jodido milímetro. Sin prisas.
El grito que escapó de su garganta fue una sinfonía disonante de dolor puro. Agudo. Violento. Aterrador.
Su espalda se arqueó, como si un demonio se apoderara de su cuerpo. Su cuello se tensó con espasmos. Y su rostro… su rostro se desencajó tanto que pareció que la piel misma quería huir de su calavera.
La uña salió de raíz con un sonido húmedo y asqueroso.
—Una. —La