CAPÍTULO 50

POV ALEKSEY ROMANOV

Tomé su mano ensangrentada, aún temblorosa, y aseguré sus dedos con una correa de cuero al metal oxidado de la silla. El olor a sangre fresca se mezclaba con el del sudor, el miedo y el moho. Era un perfume que conocía de memoria. Mi maldita cuna.

Ella forcejeó, se retorció, gritó mi nombre entre sollozos rotos. Me insultó. Me maldijo con la poca fuerza que le quedaba. Pero no importaba. Nada de eso importaba.

Tomé las pinzas, frías, letales, y las llevé con lentitud hacia s
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