POV ALEKSEY ROMANOV
El pasillo hacia el sótano olía a humedad, hierro y sangre seca.
Un aroma familiar. Casi reconfortante.
Ese hedor pútrido, impregnado en las paredes como un eco eterno de gritos, era el mismo que me había acompañado desde la infancia. Lo conocía mejor que el perfume de una mujer. Más íntimo que un recuerdo. Más fiel que cualquier hermano de sangre.
Deslicé mi huella en el lector y la puerta de acero se abrió con un zumbido lento, metálico, como el lamento de un alma en pena.