Se envara y suelta un gemido quebrado. Empieza a soltar groserías, a cuál más vulgar.
Todo mi cuerpo se ilumina de placer. Quiere moverse, lo ansía con todo su cuerpo, pero no debería haberme permitido tocarlo, porque ahora lo voy a hacer pedazos poco a poco, con una lentitud agonizante.
Le empiezan a temblar las piernas. Le recubro la cabeza y la rodeo con la lengua, lánguidamente, hasta sacar otro gemido dolorido de las profundidades de su pecho.
—Basta —gruñe, e intenta apartarme de un ti