.5.

El silencio en el auto era casi palpable mientras Maya fingía estar dormida. Podía sentir el peso de la presencia de Oliver a su lado, incluso con los ojos cerrados. Había aprendido a ser inmóvil en momentos así, a volverse casi invisible, como si eso pudiera protegerla de su constante desprecio.

Oliver, sin embargo, no podía apartar los ojos de ella. El mechón de cabello que caía sobre su rostro era un detalle insignificante, pero por alguna razón le incomodaba. Extendió una mano, impulsado por un instinto que no entendía, para apartarlo, pero detuvo el movimiento a medio camino. ¿Qué estaba haciendo?

Sacudió la cabeza con molestia. La imagen de Zoé volvió a aparecer en su mente. Zoé, tan vivaz, tan llena de energía. Su risa resonaba en sus oídos, seguida de su última súplica desesperada: "Oliver, por favor, ayúdame". Su pecho se contrajo, y la culpa que había enterrado bajo una capa de odio hacia Maya comenzó a asomar.

—Es culpa suya —se recordó a sí mismo. Era más fácil pensar así. Más sencillo cargarle a Maya el peso de su dolor que admitir que quizás, solo quizás, él también tenía parte de responsabilidad.

Apretó los puños y desvió la mirada hacia la ventana. Recordó lo que Zoé le había dicho antes de su muerte. Las palabras de su amada habían pintado una imagen de Maya como alguien cruel, manipuladora, y egoísta, una mujer que disfrutaba destruyendo la vida de los demás.

—Maya es la que le dijo a mis amigos que tú me engañabas, Oliver —le había confesado Zoé una noche, con lágrimas en los ojos.

Esas palabras seguían clavadas en su mente. ¿Cómo podría confiar en alguien que había intentado arruinar su relación con Zoé?

Chasqueó la lengua, irritado. Por más que intentara enfocarse en otra cosa, sus pensamientos volvían una y otra vez a la mujer que ahora estaba destinada a ser su esposa.

Maya, por su parte, sintió el cambio en la atmósfera. Aunque no podía verlo, sabía que Oliver estaba molesto. Podía escucharlo en su respiración pesada, podía sentirlo en el aire tenso del auto. Y aunque sabía que ella no era la culpable, no podía evitar sentir un peso en el pecho. ¿Cómo podía seguir soportando todo esto?

El auto se detuvo frente al aeropuerto, interrumpiendo sus pensamientos. Oliver salió primero, ajustándose la chaqueta con movimientos bruscos.

—Vamos, Maya —dijo con frialdad, sin siquiera mirarla.

El aire cálido y húmedo de Dubái envolvió a Maya en cuanto bajaron del avión. Apenas habían intercambiado palabras durante el vuelo, y el trayecto hasta el apartamento de Oliver no fue diferente. La incomodidad entre ellos era palpable, como si el aire estuviera cargado con todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

Cuando llegaron al apartamento, Oliver le pasó sus maletas sin ceremonia.

—Cárgalas tú misma —dijo con indiferencia. Fue la primera frase que le dirigió desde que abordaron el avión, y Maya se preguntó por qué había esperado algo diferente.

Mientras él abría la puerta del apartamento, Maya se detuvo un momento para observarlo. Era un edificio moderno, imponente, y desde el primer paso dentro, todo parecía gritar lujo. El interior del apartamento no era la excepción. Las paredes estaban pintadas en un tono crema que daba una sensación cálida y acogedora, el suelo de azulejos brillaba bajo las luces cálidas del techo, y las grandes ventanas ofrecían una vista impresionante del mar. Las cortinas de color neutro ondeaban ligeramente con la brisa del aire acondicionado.

Maya dejó escapar un suspiro de alivio al ver que al menos Oliver era organizado. Si iba a pasar tiempo aquí, al menos estaría en un lugar agradable.

—Deja de quedarte parada y haz algo útil —espetó Oliver sin mirarla, mientras se dirigía hacia el salón.

Maya ignoró el comentario y comenzó a dejar las maletas en un rincón. Mientras apreciaba los detalles del lugar, su mirada se perdió en el ventanal, donde el horizonte se mezclaba con las aguas cristalinas del Golfo Pérsico. ¿Qué estaba haciendo aquí?

—¿Te gusta el lugar o necesitas un mapa para orientarte? —preguntó Oliver con sarcasmo.

Cuando se giró para responder, se quedó helada. Oliver, como si fuera lo más natural del mundo, estaba desabrochándose la camisa. Antes de que pudiera procesarlo, ya había dejado caer la prenda al suelo, revelando un torso que parecía esculpido a mano. Su piel bronceada y sus músculos definidos parecían fuera de lugar en un hombre que siempre parecía tan frío y distante.

Maya intentó apartar la mirada, pero era como si algo la obligara a observar. Cuando finalmente se deshizo de los pantalones, quedando solo en ropa interior, ella sintió cómo el calor subía a sus mejillas.

¡Dios, Maya! ¡Deja de mirarlo!

Tragó saliva y apartó la vista de inmediato, pero su corazón seguía latiendo con fuerza. ¿Qué estaba pensando este hombre? Era como si estuviera probándola, esperando verla incómoda.

Sin embargo, Oliver ni siquiera se molestó en mirarla. Agarró una toalla y caminó hacia el baño como si nada hubiera pasado.

Maya dejó escapar un suspiro pesado, intentando calmarse. Esto será un infierno, pensó, mientras se dirigía a la habitación más cercana con sus maletas.

Una vez dentro, cerró la puerta tras ella y apoyó la espalda contra ella. La habitación era igual de pulcra y elegante que el resto del apartamento. Su mirada se dirigió automáticamente hacia la ventana, donde la vista al mar parecía ofrecer un respiro a su mente atormentada.

—Un paso a la vez, Maya —se dijo en voz baja.

Pero sabía que sobrevivir cada día junto a Oliver sería más complicado de lo que imaginaba.

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